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instaladoenungerundio

Voz pasiva (-agresiva)

Todo es cuestión de enfoque, de perspectiva. Un día ves la vie en rose, -o por lo menos en un color rosáceo, no nos pongamos demasiado exquisitos tampoco- y al día siguiente BADAMUM PLIS PLAS, terremoto cósmico y al agujero. 

Soy una gran admiradora de los agujeros. Molan porque son profundos, calentitos y no te juzgan cuando llegas arrastrándote hasta ellos. Te dan palmaditas en la espalda, ea ea ea, dulce gatito. Por eso a veces da gustillo rebozarse en la mierda, porque es cómoda y cariñosa, como un albornoz o una buena batamanta.

Al agujero no le importa que ahora mismo tus aspiraciones sean retales que coses un día para el siguiente deshacer todas las puntadas, ni te preguntan esa basura de "¿y ahora qué haces con tu vida?". A ellos les importa el presente, solo te inquieren educadamente: "¿Cómo te sientes hoy?", y si es un agujero majo incluso puede que le añada la coletilla "preciosa" para terminar de alegrarte la mañana. 

Otra cosa alucinante que tienen es que soportan con una admirable entereza tu ira. No estoy hablando de pequeños morros de pato a través de los cuales retienes la emoción. No. Estoy hablando de pura, descontrolada y deliciosa furia. Eh, y ni una mala cara al día siguiente, cojonudo. 

Hay diferentes modelos de agujero a elegir, los puedes decorar al gusto, como las ensaladas. ¿Que eres fan de los perros con bigote? Pon tres para que queden bien cucos. ¿Prefieres forrarlo con los caramelos del Candy Crush?, Sweet. A ellos tampoco les importa mucho si tu pelo está hecho un asco o sigues despierta a las cuatro de la mañana, son comprensivos y modernos. Nada del absurdo coaching de hoy en día empeñado en ser más competitivos, más productivos, más creativos, más... qué más da: Hakuna Matata. 

El agujero no critica, no juzga, solo está ahí para ti. Se limita a observarte, a dejarte ser. Menuda sensación no tener que actuar de acuerdo con las expectativas de los demás, poder guardar un día la careta y respirar, aunque nunca hayas conseguido hinchar el diafragma. Tampoco lleva la cuenta de tus fallos ni ve urgencia en que emprendas una acción, cualquiera que sea. Puedes mirar toda la tarde al vacío y sentirte realizado.

Un jodido agujero es un bendito egoabrazo. 

Así que no, no espero salir en un tiempo próximo. Voy a quedarme a lamerme las heridas hasta que no me duela cuando quiera cantar el último éxito del momento, hasta que no quede ni una pizca de odio o resentimiento dentro, hasta que por fin pueda separar los brazos, poner un poco de distancia y mirar directamente a un otro a los ojos. 

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Despegando

MH

El problema es que deseas que la vida sea como una evaluación constante. Con boletín de notas y todo. Te cuesta tanto vivir sin un libro de texto, un manual que tenga todas las respuestas....  

No vives realmente.

¿No eres la mejor esta vez? ¿No sacaste todas las matrículas? ¿Acaso lo que escribes no alcanza la calidad de un Premio Nobel?

Pues llora. Adelante. Llora. 

Pero eso no cambiará el día a día, ni hará que alguien venga a darte un abrazo, o peor, a decirte que lo que haces está bien. Sientes el vacío reptar por tu piel mientras una vieja sensación se abre paso poco a poco hacia tu mente. Lo comprendes. Eres mediocre, nada especial, y la palabra retumba en tus retinas. Solo una más entre la multitud y los mil millones de chinos del planeta. 

Lo que no termino de entender es tu empeño en intentar que todo el mundo se fije en ti. Si solo le dará un sentido efímero a lo que haces, porque en el fondo, estas sola. Sin campanadas que te acompañen, como única pareja esa voz, mi voz, que escucharás antes de dormir hasta el final de tus días.

Por eso, deja de quejarte, por favor. No te pido que finjas, solo que no te importe que tengas de tu parte alguna alteridad. ¿Quieres desgarrarte por dentro? 

Desgárrate. 

Da igual. El mundo seguirá girando aunque te bajes, aunque las cosas te vayan mal. Pero escribe, aunque sea una mierda. Aunque no tenga ni sentido ni forma. Arrepiéntete de ello. ¿No cumple los estándares de calidad?

Que les jodan, jodéte tú. 

Pero jamás podrás recriminarte que no te importe. Jamás temer que puedas darte la espalda. Mírate a ti misma durante horas, desde tu pelo desmadejado a tus ojos cansados y bizqueantes, y aprende de una vez que si tu no te quieres, nadie más lo hará por ti. 

Ese día, tendrás un 10.

Well, go get your shovel

Despierta. Vamos, arriba. ¿No ves que ya no queda verano? ¿Acaso no sientes el cambio en el aire, en las hojas, en los cantautores apostados con sus maletines abiertos en las calles? Abre los ojos, ábrelos y parpadea un par de veces. 

¿No te das cuenta? Son las 12 y te toca volver a la calabaza. Te espera en un despacho oscuro como boca de lobo con las manos entrelazas bajo la barbilla y una sonrisa pegajosa en medio de la cara. Te espera entre estanterías rancias y ojos cansados. Vete quitando el zapatito de cristal porque ya no tendrás ganas de bailar. Coge el mocho y vuelve a tu sitio, piérdete de nuevo entre la gente.

Pero no te lamentes. ¿Por qué lo harías? Nada has perdido puesto que nada has tenido. Te has dejado abrazar por la ilusión demasiado tiempo y ahora tienes frío, normal, no te culpo. Bueno, no demasiado. Pobre Alicia, juegan al tiro al plato con tu pequeña burbuja de cristal una y otra vez. Tienes que dejar de parar los golpes con tu cuerpo y asumirlo de una vez y, simplemente pequeña, dejarlo ir. Balancea la mano en el aire y diles adiós con una enorme sonrisa falsa sacada de algún anuncio de dentífrico, la espalda erguida, la cabeza alta, la voz firme. Solo te permitiré temblar por dentro, conteniendo la convulsión entre las paredes de tu vientre, los latidos de tu desbocado corazón fuertemente sujetos en tu caja torácica. Desciende a los infiernos con la resignación de quien solo tenía un tour de unas horas en el cielo y llévate un par de fotos. 

La de las primeras cañas, por ejemplo, o la del día en que hablaste de festivales culturales ganándote un apodo cariñoso. La de la palabrota, la del ataque de risa a tu sistema nervioso. No olvides la de los guiños, las miradas sostenidas sobre la mesa, los qué tales, los hasta pronto, los comentarios sobre cierto reality show y la de los pedacitos de tu locura que empezaron a vislumbrar.

Y luego, sin demorarte demasiado, acaricia con tu mano callosa la rugosidad de la madera y cava profundo para enterrarlo todo y poder seguir viviendo entre grises. Tira el vestido, la corona y el perfume al agujero a tus pies. Da media vuelta y sin mirar mucho más atrás retrocede hasta el punto de partida. Muy buenas noches, princesa.

Five seconds of summer

Un salami, una flor amarilla y una nota. Perderse la fiesta. Esconder las lágrimas en la almohada. Gritar la verdad y recibir malas caras. Perderse. No encontrarse jamás. Ahogarse en la corriente. ¿Quién eres? ¿qué haces? pero, ¿a qué jodida altura cae? No pasa nada. Sí que pasa. Comisiones de presupuestos de validación de competencias de unicornios verdes voladores. Lo entenderás. No lo entenderás. Te harás fuerte. Desistirás. Cocinarás mariposas. Volverás al edredón. Abre la boca. Abre los ojos. Escucha. Piensa. Duerme. Vive. Muere.

Cuentos de la lechera

Tras la puerta todo está oscuro y tu voz resuena entre las paredes haciendo que el pasillo adquiera nuevos grados de profundidad. De hecho, todo parece adquirir dimensiones monstruosas mientras arrastras los pies por el suelo, lastrada por el cansancio y el.. ¿qué? ¿desencanto quizás? Se ha acabado. Deberías estar contenta. Deberías estar sonriendo de oreja a oreja y deseando menearte cerca de la barra de un bar. Pero eres jodidamente rara. Tus emociones siempre son de parque de atracciones. Moviéndose a máxima velocidad, subiendo y cayendo como vagones de una montaña rusa. 

Llevas como diez minutos en tierra y ya empiezas a aburrirte. Buscas a tu alrededor algo a lo que subirte. Algo tranquilito. Quizá una barca de las que dan vueltas por un bosque artificial. Te tumbas y cierras los ojos. Negándote a dejarte arrastrar por esa vieja sensación que ya conoces. Suspiras. Te está empezando a ganar la batalla y lo empiezas a sentir. Flaqueas. 

Y luego, descuelgas el teléfono y una de tus voces favoritas entona una cancioncilla sobre una libertad que no has estado saboreando. Sonríes triste, al fin y a cabo casi habías perdido la partida, pero decides agarrarte a ella como a un flotador. Es como un polígrafo, se sabe todas tus expresiones así que no oses mentirle. Descubres que todo este tiempo te ha estado sosteniendo cuando ella no estaba bien. Es entonces cuando perdonas al Universo muchas de vuestras viejas rencillas por permitirte conocerla. 

Llevabas meses sin pensar en el futuro pero ahora hacéis planes, simples, sencillos. ¿Una peli? ¿Ver el partido? ¿Dormir la siesta? En otros os dejáis llevar por la imaginación. Soñáis despiertas, seguramente no hagáis ni la mitad.

Pero, ¿sabes qué? Los mejores cuentos, los de la lechera.

"¿Dónde está mi angelote volador?"

Caricias que te hacen perder el hilo de la conversación. Abrazos desesperados en busca de apoyo antes de un momento importante. Enterrar la cara en otros hombros. El leve roce de una mano pequeñita en tu cara sacándote de la ensoñación de turno. Una mano que abarca todo tu cuello y se demora más tiempo del necesario...

Y a ti... a ti maldita solo te sale dejarte querer.

Cucharillas de té

-Me he vuelto a enamorar.

-De nuevo de alguien que no existe ¿verdad?

-Claro. Sabes que, de existir, sería incapaz de quererlo.

Para Guille

Fría. Como un témpano de hielo. Pero contigo me fundo como el caramelo. Te veo sentado tranquilamente en el borde de la cama y no puedo evitar saltarte encima y darte un abrazo. Aplastarte, más bien, con mucho cariño.

Nunca me apartas. Es más, sonríes y me lo devuelves. Siempre a lo bestia, como Guille a Mafalda, pero es que nos gusta más así,  "bruticos" hasta la médula. 

Las noches son mi momento favorito. Cansados, ambos bajamos las barreras a la vez y nos deshacemos en mimos más o menos estúpidos. A veces me olvido de lo mucho que ha pasado el tiempo y aún hago amago de leerte cuentos o me sorprendo cuando me ganas las peleas. Otras, como hoy, nos haces niños a los dos por un momento.

Tienes miedo, conozco esa sensación. Te sientes solo, no entiendes lo que te hace diferente y te pierdes en el temor de que los demás no te acepten. Basta mirarte a esos ojos grises, que descansan sobre la almohada cerca de los míos, para detectar todo eso y un brillo acuoso cerca de las pestañas que no debería estar ahí. Mi cuerpo sigue relajado pero mi cerebro hierve, encendido por la rabia y un deseo de protegerte de ese mundo que trata de quitarte la dulzura y hacerte menos inocente. Que te hará forjarte una coraza que muy pocos podrán traspasar para superar el día a día.

Siento alivio cuando consigo arrancarte unas carcajadas y tus ojos se secan, y aunque ahora brillan, lo hacen de otra forma. Hablamos, pero es una conversación diferente a las anteriores. Ambos tenemos doce, ambos tenemos veintiuno a la vez. Es un instante tan nuestro que los demás solo pueden asomarse a mirar.Tan pronto como se apagan nuestras voces el momento termina.

Duermes. 

Buenas noches tato, yo también a ti.

 

 

 

Guión erróneamente atribuido a J.J. Abrams

Todavía suenan los últimos acordes de la banda sonora y los créditos aparecen en pantalla a cámara lenta. Acaban de decirse un adiós sin fecha de caducidad, pero no piensan en eso, por lo menos, ella.

Ella sigue con la adrenalina recorriendo sus venas, las ganas de comerse el mundo aún intactas y hornea recuerdos mientras mira por la ventanilla del coche. Y se ríe sola, en silencio, horas, días después, mientras lucha contra el olvido por conservar las carcajadas.

Por eso decide repasar el guión. Todas esas líneas que una vez atribuimos, erróneamente, a J.J. Abrams.

Primero, la atrajo el aire. Un aroma a tierra mojada que se coló por la ventana mientras dormía, dejándole huella. Probablemente le hizo soñar que volvía y que aspiraba el aroma desde el balcón, mientras esa montaña que ocupa todo el marco la observaba. Se vio a sí misma desviando de cuando en cuando la mirada hacia la casa de al lado, jugando a entrever lo que hay tras los visillos, imaginando un movimiento espejo detrás del cristal. 

Después, cuando la realidad se impuso con las primeras luces, la embargó ese miedo que ya conocía como se conocen las penas y el alcohol, y todos sus errores revolotearon en la habitación.

Se recordó que debía algo a alguien.

Se convenció de que hacía lo correcto.

Solamente allí, cuando lanzó el primer vistazo rápido a la mesa, sin apenas mirarles a los ojos para que no descubrieran su secreto, admitió que lo que la había llevado allí era la promesa falsa de un beso. Uno bajo la enredadera y otro en el quicio de la puerta. 

Pero en su lugar hubo abrazos y bastaron tres segundos para saltarse el guión y reescribir uno nuevo, mejor. La aparición especial la salvó. La salvó como solo saben hacerlo los mejores personajes secundarios, esos que hacen palidecer al protagonista cuando se llevan a la chica de calle casi sin que te des cuenta.

Empezó abrazándola un segundo más que los demás, no porque hubiera una razón o un drama que compensar, simplemente, porque se alegraba de verla de nuevo. Después, cuando el cielo plomizo vertía sobre ellos gotas que se colaban en el ánimo, se retrasó poco a poco hasta adaptarse a su paso, escuchándola divagar con la niña, como una niña, sobre una futura locura rodeada de gatos en esa mansión. Sorprendentemente, le siguió el juego sin percatarse de que al hacerlo se convertía en la salida de su antigua vía de escape y la hacía sonreír otra vez. Retornó el equilibro. Mientras Dean aporreaba muebles y gruñía a las paredes, la esperaba a la sombra de las escaleras y la escoltaba hasta casa, aunque fuera el único capaz de perderse por allí. 

Todo despertó otra vez. Volvían a ser cuatro caminando en fila mientras miraban las líneas del suelo de la carretera. Acababan de conocerse y se esforzaban, absurdamente, por caerse bien cuando ya tenían el trabajo hecho de antemano. Eran ellos en estado puro, como nunca volverían a serlo. Entonces, él todavía la quería en secreto; en ese momento, el otro aún no había llegado a quererla; en ese mismo instante, el tercero todavía cantaba con ella canciones de anuncio de zumo tropical mientras se columpiaban hasta el infinito en una barca de hierro.

La ilusión acabó en la puerta, cuando solo uno la despidió esta vez, apresurando el paso y dejándola sola con sus recuerdos hasta la noche.

Más tarde, tras juegos de cartas en un ambiente de humo y copas, mientras caminaban por carreteras que una vez pertenecieron a sus bicicletas, la luna la sorprendió hablando de nuevo con él. Encañonados por el haz de luz, ambos se encontraron consiguiendo una conversación diferente. Las carcajadas resonaron entre luces de pitillo ocultas en la ermita y sus ecos se extendieron a lo largo de la noche, acompañándoles todo el camino de vuelta. Poco importaba que otros rabiaran unos metros más allá, pues él le devolvía lo que ella tanto echaba de menos.

Al día siguiente, sentados a la mesa, mientras formaban equipo en juegos individuales, él jugó a sacarle una y otra vez la sonrisa escondida. Esa que ella pensaba que había perdido o incluso imaginado, esa que los años habían desgastado hasta casi hacerla desaparecer. Un gesto con el codo, cartas intercambiadas sin disimulo y risas bajas espaciadas por sorbos de cerveza. Más tarde, llegarían los intercambios de hijos primogénitos por Lavapiés, los indultos estúpidos en Paseo del Prado, el robo constante e "inadvertido" de casas para Paseo de la Castellana y su hotel convertido en caravana, las amenazas de cortar el agua y la electricidad a quien se pusiera en su camino. Y más carcajadas, incontrolables, fluyendo como un torrente y diluyendo lo demás. Finalmente, llegó la bancarrota más dulce de su vida. Se esforzaba por recuperar el aire mientras a su lado sus dos amigos debatían quién tenía derecho a quedarse con ella.

La discusión se prolongó más allá del tablero y su absurda manera de quererla hacía que su sonrisa no dejara de bailar en la noche. Segundo tras segundo, anécdota tras anécdota. 

Las luces del coche los deslumbraron, mostrándole a las estrellas como ella buscaba su protección cogiéndole del brazo. Unos celos de juguete les devolvieron a un antiguo jugador. Los tres se repartieron la noche y las carcajadas una vez más, y los recuerdos fluyeron imparables a través de sus palabras.

La primera vez que los vio no fue en torno a una mesa de billar como quiso hacerles creer. Fue en una esquina del bar, sentados en torno a una mesa desvencijada planeando qué hacer. Intercambiaron miradas, saludos incluso, y ella luchó para arrastrar a todas esas fibras de su ser que se empeñaban en quedarse ahí quietas con ellos. Recordó los mil planes que bulleron en su cabeza para encontrarse de nuevo, para caerles bien. Nunca tres personas habían sido tan importantes ni significado tanto para ella. 

Parecía fácil ahora, mientras se sonreían con complicidad ocho años después de esa tarde de verano. Pero también habían perdido mucha magia desde entonces. Después de todo el esfuerzo, de luchar tanto, casi les había perdido a los tres.

Por eso su corazón latía tan rápido cuando, al menos por una noche, podía conservar a uno. Bum bum, bum bum, sus latidos acelerados retumbaban en sus oídos durante ese momento en que el universo le concedía además un amigo de regalo por los dos que ya había perdido.

De repente, una piedra, de esas que el destino coloca estratégicamente en el camino, la hace trastabillar. Ambos la sujetaron mientras exhalaba un grito ahogado. Fue entonces cuando levantó la vista y se encontró con esos ojos que antes conocía tan bien. Leyó la preocupación en ellos con demasiada facilidad. Él era así, no podía dejar de cuidarla, no conseguía dejar de quererla por mucho daño que le hiciera. Y eso les asustaba demasiado. A los dos. Porque todo les condenaba a quererse y odiarse eternamente.

El último día, se pasó la mañana haciendo la maleta mientras su mente bajaba corriendo la cuesta, abría la puerta y se sentaba en un sofá que conocía la forma de su cuerpo. En cambio, permanció sentada, rígida en su propio sillón mientras obligaba a su mano a mojar tinta y rasguear una y otra vez el papel con la pluma. Con las sombras de la tarde los vio llegar por la ventana y toda ella revivió por última vez. Resultaba extraño tenerlos ahí, sentados en su salón, charlando con su familia mientras ella subía y bajaba del piso de arriba. La esperaban, a ella, a nadie más. 

Le regalaron una tarde del pasado. Caminaron por viejos caminos rodeados de huertos, espinos y árboles con flores rosas que una vez estuvieron en su pelo. La llevaron hasta esa casa que algún día sería suya. Suya para poder recordarles mucho tiempo después de tenerlos a su lado. Él la condujo hasta la entrada y la dejó pasar, sin tratar de retenerla esta vez. Durante unas horas, jugaron a ser amigos con las nuevas reglas establecidas, durante unas horas, volvieron a estar bien.

Los tres se quedaron con ella hasta el final, sintiendo cada uno el tacto de sus rodillas bajo la mesa, reacios a dejar pasar los últimos momentos juntos, en ese equilibrio efímero recién alcanzado. Pero ni siquiera en ese lugar donde parece que el tiempo queda suspendido para siempre, pudieron detener las manillas del reloj. Despidió al primero en la puerta de su casa. Se fundieron en un abrazo tierno, de los que ella emplea para expresar cosas que no se atreve a decir. Se despidieron hasta el verano, con una promesa incierta de volver a verse y una última mirada que le grabara en la mente para los siguientes meses. Después, caminó con los otros dos hacia el final de la calle, lentamente, saboreando el momento, hasta que no lo pudieron prolongar más. Permanecieron unos segundos quietos, mirándose sin saber que hacer, a la sombra de esa montaña con la que ella había soñado. 

Dejó que su cuerpo fuera estrechado una vez más por esos brazos amigos, que la querían sin que ella entendiera muy bien por qué. La hizo reír una última vez a carcajadas. Como si supiera que no lo haría así en mucho tiempo. Le susurró "llámame" en tono conspiratorio, retando de nuevo al mundo a que se la arrebatara.

Se separó de él a regañadientes para enfrentarse a lo difícil. Le había dejado el abrazo final, ese que cargaba todo el peso de la despedida porque encierra el adiós más triste. Lo presionó contra su cuerpo, soñando con que eso bastara para decirle todo lo que quería, para arreglar todo lo que habían roto con los últimos besos. Cuando se soltaron sintió que la ilusión estaba tocando a su fin, pero la paladeó hasta el último momento. Les dio la espalda, se alejó y subió a la casa. Los vio marchar desde lejos y ellos la saludaron una última vez, llamándola por su nombre y haciendo que la sonrisa bailara de nuevo en sus labios. 

Agitó la mano en el aire mientras el coche arrancaba y se perdía de vista. Se quedó sola otro año más. Fue entonces cuando lo comprendió. Nunca fueron supervivientes de la isla, lo siento Abrams. Ella siempre había formado parte un pintoresco pueblo inventado de Connecticut

There was a town, in Maine...

“-Rough day?

-I don’t feel like talking

-C’mon, sometimes is easy to talk to someone when you don’t care a crap what they think.

-Have you ever walked in a situation where you know exactly what’s going to happen, and then you go into it anyway… And then, when what you’re afraid of happens, you kick yourself because you should’ve known better… But that’s just who you are, so you keep punishing yourself?.

-No.

-How do you do that?

-By never doing what is expected. Keeps life interesting."

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Volviendo a los orígenes

-Oye... no querrás... ¿Plaza? ¿esta tarde?

-Vale, pero dame 10 minutos que me tengo que duchar ¿eh?

-Ey, se retrasa todo media hora... sí, sigue en la ducha

-Perdóoon perdón, ha sido mi culpa. No encontraba los guantes

-Estamos hechas la una para la otra, tú bajas un cuarto de hora tarde... yo llego ya con otro de retraso... Nos van a matar

-Oye perras, haberme avisado de que ibáis a llegar una hora tarde, que así me sacaba el pelo.

-Brrrr, que frío...

-¡¡¡¡¿qué tal?!!!

-LIBREEEEES

-¿Recuerdas aquella vez sentadas en esa tienda, tú y yo, cuando intentamos echarnos una foto?

-Y Laura probandose mil cosas

-Y tardando un siglo

-Nosotras desesperadas

-eh eh.. vale... es cierto

-Hoy harás igual

-¡Aparca en Verdecora!

-Dirección contraria

-Verdecora...

-No hay sitio, mirad a los lados..  

-Hace un siglo que llevo haciendo eso... ¡NIÑA! 200 puntos

-No.. si al final, tendremos que ir a Verdecora

-Mirad, mirad, en dirección contraria, ¡a lo salvaje!

-¡¡Uhhhh salvajeeeee!!

-Es muy fácil, giras a la derecha, sales por aquí, das dos vueltas a la izquierda haces el pino puente y luego pasas el casino y la calle del parque...

-Pero a ver, seremos CHICAS , a mi las rubias no me caen bien. ¿habrá rubias?

-¿Pero tú que te vas a poner?

-Yo te rizo el pelo

-Gema irá sola en el tren

-Emoooooo, BIEN. Me llevaré tantos libros que leeré hasta encima de la barra libre

-No os preocupéis, una os llevará al Mercadona, la otra a la estación.

-JAJAJAJAJAJA

-llegaremos a las 4 de la mañana y seremos el alma de la fiesta.

-Bailemos a Britney, ya veréis

-Hit me baby one more time (pero más de una vez)

-Mira como mueve el culo

-Realmente el brazo izquierdo no sirve para nada

-La última

-yeah, perezosacreativasalvaje

-Que empecéis bien

-Perfecto, nos veremos

 

 

 

 

Cuestión de enfoque

Un cuadrado, dos cuadrados, tres cuadrados... rectángulo. Y luego la serie vuelve a empezar. Mis pasos marcan el ritmo en el que se sucede todo. Tap, tap, tap. Paso de cebra, punto y aparte y ves la vida en blanco y negro. Pasan los segundos y vuelve a empezar: cuadrado... cuadrado... y de repente, una mirada, una sonrisa, una cabeza conocida entre geometrías grises.

Es como cuando el cámara suelta el aparato y ves como el encuadre gira a toda velocidad y adquieres nueva perspectiva. El cielo es tierra y la tierra es cielo. Y el sol vuelve a brillar. Un abrazo cálido, cariño, mucho cariño, del que te arropa cuando te vas a dormir. Alguien a quién le gusta escuchar tu voz y viceversa.

"Te debo un café..." suspiraré por enésima vez cuando nos separemos, preguntándome porque nunca lo tomo de verdad. "Claro" y sonrisa. Porque las sonrisas me pirran.

Luego, me iré, desandando el camino andado. Las luces de las farolas iluminan el suelo y juegan con las sombras de las baldosas. Da igual porque esta vez voy con la mirada en lo alto, ahora, voy contando estrellas.

Soñar con comprarse una concha y vivir en ella

Gritar hasta que sangren las cuerdas vocales. Golpear al universo hasta que solo queden escombros. Llorar hasta que los ojos se secan. 

Sentirte imbécil, absurda, inútil y seguir fingiendo que no pasa nada.

Dejarte manipular un viaje más, porque, total, para eso estamos. Para servir de servilleta de papel y bailar luego en la basura.

Pero, eh, no te olvides de sonreír esta vez.

I never saved anything for the swim back

"-Lo siento, parece que eres lo que dicen que eres y más.

-Y qué me dices de ti, Aireen, estas diseñada como nosotros.

-Como vosotros no es muy exacto... inaceptable probabilidad de fallo cardiaco, creo que eso es lo que dice el manual, el único viaje espacial que haré será girar alrededor del sol desde este planeta.

-Pues si tienes un defecto, desde aquí no puedo advertirlo.

-Si no me crees, toma, cógelo, si sigues interesado avísame...

-Lo siento, se lo llevo el viento."



"-Pero tenemos una cosa en común... nuestro corazón, salvo que al mío no le quedan 20 o 30 años de vida, el mío ya tiene 10.000 latidos de más.

-No es posible.

-Tú eres toda una autoridad en lo que no es posible,¿no es cierto Aireen?. Te han obligado a esforzarte en buscar defectos que al cabo de un tiempo es lo único que ves, pero por si te sirve, yo estoy aquí para demostrarte que es posible, es posible..."

¿Crees en ti ?

 

"Depende del día". 

Y de la hora.

Y de los segundos que se escurren entre los dedos.

Depende de que no me cuelgues el teléfono deprisa, sino que alarguemos el momento, demorándonos en detalles absurdos para eternizar la conversación.

Del número de sonrisas, o de la ausencia de ellas, a lo largo de la mañana

Y de la tarde.

Depende de la canción que suene de banda sonora mientras viajo en bicicleta.

Y de si la niebla podrá envolverme y ocultarme por completo.

De si la memoria se empantanará o brillará con luz propia

Y de si se empeñarán en cortarle las alas al soñar o le dejarán volar una noche más.

Depende de encontrarnos entre baldosas desvencijadas en una calle ventosa

con tiempo de mirarnos 

y evaluarnos, 

matando los minutos con espadas de juguete,

esperando confiarte ese secreto que no vale nada, pero que me haría empezar a rezar.

Nivel 29

 Vamos a complicarlo todo, dijimos, vamos a vivir la vida en modo experto. Vamos a hacerlo todo tan difícil que no podamos encontrar la solución. Y nos atascamos, los dos, pero tú pensaste que yo había mirado la guía de trucos. No, no lo tenía mucho más claro. Probé suerte en el google y me salió porno, mientras, me usabas de corrector de word. Así que me hice software pirata y caduqué al poco tiempo.

Quizás era solo un virus infectándolo todo. Quiero pensar que fui maligna pero encantadora, porque te pedí educadamente que me borraras y no quisiste. "Formatéate o no terminaras de funcionar correctamente", "si quieres hacemos copia de seguridad"... jajaja... qué pedazo hija de puta.

Te dejo solo en el multijugador, ¿vale?, creo que yo ya me he pasado el juego. 

Pongamos que hablo de...

Es como la sensación que recorre tu piel cuando un sol de tres de la tarde traza con sus dedos los rasgos de tu cara. Lentamente, sin prisas, con una dulzura casi dolorosa. Cierras los ojos y notas como ese ritmo familiar bombea vida por tus venas. Conviertes la elevación del pecho producto de la inspiración en una suerte de abrazo, que envuelve el aire a tu alrededor. Entonces el tiempo se detiene y, por unos instantes, solo sientes calor.

Lo bueno es que tu cuerpo es capaz de evocar ese momento si se concentra lo suficiente mucho tiempo después, mientras se encorva vapuleado por el cierzo y a cincuenta grados bajo cero. El truco es guardarlo en lo más profundo de lo profundo, allá cerquita del polo sur del corazón que es donde se guardan las cosas que pretendes conservar para siempre. Sur, porque el norte a veces es demasiado racional como para conservar un metrobús o esa entrada sacada en un cajero sin tarjeta a las diez de la noche. Y eso importa.

Es importante, leñe, es importante. Porque cada día que pasa se lleva un pedacito de lo que vivimos hace varias mañanas, por mucho que cabezoneemos y nos pongamos matracas. Vendrán a limpiar y harán hueco. Primero olvidaré la camiseta amarilla de la chica de ojos increíbles que se sentaba a mi lado en el bus. Olvidaré como dos cuellos en perfecto ángulo recto dejaban que el aire jugara con su cuerdas vocales y los números de los asientos de la izquierda, donde otras dos me regalaban, sin darse cuenta, vistas privilegiadas de sus perfiles recortados por la ventana.

Luego se irá la primera noche, en esa cama grande de tres que al final preferirá parejas. Los primeros vídeos, el primer striptease y esas carcajadas que se oían entre las brumas del sueño, enfrente, dos puertas a la derecha.

Les seguirán los mil cuadros del Prado, menos uno de Velázquez, que guarda un viaje temporal. Los patos del Palacio de Cristal, los traumas creados por un deseo sexual llevado al extremo y el todo a cien que pertenece a la reina. Al final tampoco recordaré lo que se quejaron mis pies, ni siquiera cuando bailaron al ritmo de tambores de agua desde un asiento del teatro Arteria.

Desaparecerán poco a poco los suntuosos salones de palacio, sus jardines y hasta la puerta del Sol quedará a la sombra. En unos meses, incluso podría afirmar que me adentré en el interior del Templo Debod o que la última noche, Madrid nos vio bailar por sus calles.

Olvidaré el bus 176, el metro, La Plaza de Castilla, la versión estrella (múltiples en realidad) de Juan Magan (grammy latino, oiga), y cómo enamorar perdidamente a la cámara.

Pero no pasa nada. Da igual que pierda unas cuantas batallas. Basta con que cuando apriete el frío y mi piel cortada y ajada por los elementos se resienta, cierre los ojos y evoque la sonrisa tan dulce de la guía o, por ejemplo, los ojos verdes, tiernos, y el gesto al despertarme cuando llegábamos a Madrid de la chica que se sentó a mi lado. Cómo hasta la más dura me arropó por la noche e incluso se dejó abrazar durante unos segundos, recordando otros viajes, otros momentos. Simplemente con mirar los envoltorios de chupachups que la más joven me guardaba mientras me daba educadamente las gracias (morena, siempre morena). Basta con que reproduzca en mi cabeza esa carcajada que me sé de memoria pero que, por si acaso, junto con toda la esencia del viaje, la última se empeñó en documentar.

No necesito más, 5. Cinco personas son lo único que me hace falta para poder sentir, de nuevo, el sol en la cara. 

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Examen de biología

Rabia. Siento rabia. Por quererte. Por quererte demasiado.Por quererte demasiado de una forma distinta a la tuya. Por no entenderte y porque tu no me entendieras. Por entendernos demasiado tarde.

Rabia, sí. Una rabia que no es sino un dolor encendido que adopta el disfraz de la mala leche por miedo. Pero el fuego siempre se acaba apagando y lo que deja son las cenizas que abrasan infinatemente más que la hoguera del principio. Porque abrasan por dentro, entran por los pulmones y se introducen en la más mínima grieta dificultándote la respiración. Se aposentan en la base del estomago y se convierten en exceso de equipaje. La solución es que vengas, me abraces y me digas que en el fondo nunca te has ido y que lo estás pasando tan mal como yo.

Pero es fantasía. Porque ni siquiera tu absurda manera de quererme se ha salvado de la quema. Eso ha hecho que las cenizas ardan unos segundos más, para morir luego y aumentar sus sedimentos, que parecen llenar los huecos que has dejado atrás.

Te odio. Te odio por no importarte, por haber pasado una página que yo no quería pasar. Por no llamar, por no preocuparte, por no escribirme y por no felicitarme. Te odio por echarte tanto de menos. Pero me odio más a mí, por perderte, por no ir a buscarte, por dejarte marchar pensando que lo nuestro es de estas cosas que siempre están ahí porque había varios años de precedentes. Imbécil, nunca dés nada por sentado... Te regalaría todo mi orgullo. Toma, escóndelo. Tíralo por ahí y dale una patada. Y así solo quedaré yo y mi miedo. Para que me culpes y me reproches, para que me grites una verdad tan absurda que todo el mundo sabía de antemano y para que me perdones. Sí, porque al final, la que lo estaba haciendo mal siempre he sido yo.

Invéntame una máquina del tiempo para que pueda retroceder al momento en el que lo nuestro se volvió un imposible. No cambiaría el mundo a grandes rasgos, pero sí grandes rasgos del nuestro, lo salvaría en realidad. Déjame ser el héroe, por favor,por una puta vez, porque de verdad que ya me he hartado de ser el villano. 

Autodestrucción

"No sé por qué la pagas con ella. De todas las personas del mundo, es la que más te apoya".

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