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Guión erróneamente atribuido a J.J. Abrams

Todavía suenan los últimos acordes de la banda sonora y los créditos aparecen en pantalla a cámara lenta. Acaban de decirse un adiós sin fecha de caducidad, pero no piensan en eso, por lo menos, ella.

Ella sigue con la adrenalina recorriendo sus venas, las ganas de comerse el mundo aún intactas y hornea recuerdos mientras mira por la ventanilla del coche. Y se ríe sola, en silencio, horas, días después, mientras lucha contra el olvido por conservar las carcajadas.

Por eso decide repasar el guión. Todas esas líneas que una vez atribuimos, erróneamente, a J.J. Abrams.

Primero, la atrajo el aire. Un aroma a tierra mojada que se coló por la ventana mientras dormía, dejándole huella. Probablemente le hizo soñar que volvía y que aspiraba el aroma desde el balcón, mientras esa montaña que ocupa todo el marco la observaba. Se vio a sí misma desviando de cuando en cuando la mirada hacia la casa de al lado, jugando a entrever lo que hay tras los visillos, imaginando un movimiento espejo detrás del cristal. 

Después, cuando la realidad se impuso con las primeras luces, la embargó ese miedo que ya conocía como se conocen las penas y el alcohol, y todos sus errores revolotearon en la habitación.

Se recordó que debía algo a alguien.

Se convenció de que hacía lo correcto.

Solamente allí, cuando lanzó el primer vistazo rápido a la mesa, sin apenas mirarles a los ojos para que no descubrieran su secreto, admitió que lo que la había llevado allí era la promesa falsa de un beso. Uno bajo la enredadera y otro en el quicio de la puerta. 

Pero en su lugar hubo abrazos y bastaron tres segundos para saltarse el guión y reescribir uno nuevo, mejor. La aparición especial la salvó. La salvó como solo saben hacerlo los mejores personajes secundarios, esos que hacen palidecer al protagonista cuando se llevan a la chica de calle casi sin que te des cuenta.

Empezó abrazándola un segundo más que los demás, no porque hubiera una razón o un drama que compensar, simplemente, porque se alegraba de verla de nuevo. Después, cuando el cielo plomizo vertía sobre ellos gotas que se colaban en el ánimo, se retrasó poco a poco hasta adaptarse a su paso, escuchándola divagar con la niña, como una niña, sobre una futura locura rodeada de gatos en esa mansión. Sorprendentemente, le siguió el juego sin percatarse de que al hacerlo se convertía en la salida de su antigua vía de escape y la hacía sonreír otra vez. Retornó el equilibro. Mientras Dean aporreaba muebles y gruñía a las paredes, la esperaba a la sombra de las escaleras y la escoltaba hasta casa, aunque fuera el único capaz de perderse por allí. 

Todo despertó otra vez. Volvían a ser cuatro caminando en fila mientras miraban las líneas del suelo de la carretera. Acababan de conocerse y se esforzaban, absurdamente, por caerse bien cuando ya tenían el trabajo hecho de antemano. Eran ellos en estado puro, como nunca volverían a serlo. Entonces, él todavía la quería en secreto; en ese momento, el otro aún no había llegado a quererla; en ese mismo instante, el tercero todavía cantaba con ella canciones de anuncio de zumo tropical mientras se columpiaban hasta el infinito en una barca de hierro.

La ilusión acabó en la puerta, cuando solo uno la despidió esta vez, apresurando el paso y dejándola sola con sus recuerdos hasta la noche.

Más tarde, tras juegos de cartas en un ambiente de humo y copas, mientras caminaban por carreteras que una vez pertenecieron a sus bicicletas, la luna la sorprendió hablando de nuevo con él. Encañonados por el haz de luz, ambos se encontraron consiguiendo una conversación diferente. Las carcajadas resonaron entre luces de pitillo ocultas en la ermita y sus ecos se extendieron a lo largo de la noche, acompañándoles todo el camino de vuelta. Poco importaba que otros rabiaran unos metros más allá, pues él le devolvía lo que ella tanto echaba de menos.

Al día siguiente, sentados a la mesa, mientras formaban equipo en juegos individuales, él jugó a sacarle una y otra vez la sonrisa escondida. Esa que ella pensaba que había perdido o incluso imaginado, esa que los años habían desgastado hasta casi hacerla desaparecer. Un gesto con el codo, cartas intercambiadas sin disimulo y risas bajas espaciadas por sorbos de cerveza. Más tarde, llegarían los intercambios de hijos primogénitos por Lavapiés, los indultos estúpidos en Paseo del Prado, el robo constante e "inadvertido" de casas para Paseo de la Castellana y su hotel convertido en caravana, las amenazas de cortar el agua y la electricidad a quien se pusiera en su camino. Y más carcajadas, incontrolables, fluyendo como un torrente y diluyendo lo demás. Finalmente, llegó la bancarrota más dulce de su vida. Se esforzaba por recuperar el aire mientras a su lado sus dos amigos debatían quién tenía derecho a quedarse con ella.

La discusión se prolongó más allá del tablero y su absurda manera de quererla hacía que su sonrisa no dejara de bailar en la noche. Segundo tras segundo, anécdota tras anécdota. 

Las luces del coche los deslumbraron, mostrándole a las estrellas como ella buscaba su protección cogiéndole del brazo. Unos celos de juguete les devolvieron a un antiguo jugador. Los tres se repartieron la noche y las carcajadas una vez más, y los recuerdos fluyeron imparables a través de sus palabras.

La primera vez que los vio no fue en torno a una mesa de billar como quiso hacerles creer. Fue en una esquina del bar, sentados en torno a una mesa desvencijada planeando qué hacer. Intercambiaron miradas, saludos incluso, y ella luchó para arrastrar a todas esas fibras de su ser que se empeñaban en quedarse ahí quietas con ellos. Recordó los mil planes que bulleron en su cabeza para encontrarse de nuevo, para caerles bien. Nunca tres personas habían sido tan importantes ni significado tanto para ella. 

Parecía fácil ahora, mientras se sonreían con complicidad ocho años después de esa tarde de verano. Pero también habían perdido mucha magia desde entonces. Después de todo el esfuerzo, de luchar tanto, casi les había perdido a los tres.

Por eso su corazón latía tan rápido cuando, al menos por una noche, podía conservar a uno. Bum bum, bum bum, sus latidos acelerados retumbaban en sus oídos durante ese momento en que el universo le concedía además un amigo de regalo por los dos que ya había perdido.

De repente, una piedra, de esas que el destino coloca estratégicamente en el camino, la hace trastabillar. Ambos la sujetaron mientras exhalaba un grito ahogado. Fue entonces cuando levantó la vista y se encontró con esos ojos que antes conocía tan bien. Leyó la preocupación en ellos con demasiada facilidad. Él era así, no podía dejar de cuidarla, no conseguía dejar de quererla por mucho daño que le hiciera. Y eso les asustaba demasiado. A los dos. Porque todo les condenaba a quererse y odiarse eternamente.

El último día, se pasó la mañana haciendo la maleta mientras su mente bajaba corriendo la cuesta, abría la puerta y se sentaba en un sofá que conocía la forma de su cuerpo. En cambio, permanció sentada, rígida en su propio sillón mientras obligaba a su mano a mojar tinta y rasguear una y otra vez el papel con la pluma. Con las sombras de la tarde los vio llegar por la ventana y toda ella revivió por última vez. Resultaba extraño tenerlos ahí, sentados en su salón, charlando con su familia mientras ella subía y bajaba del piso de arriba. La esperaban, a ella, a nadie más. 

Le regalaron una tarde del pasado. Caminaron por viejos caminos rodeados de huertos, espinos y árboles con flores rosas que una vez estuvieron en su pelo. La llevaron hasta esa casa que algún día sería suya. Suya para poder recordarles mucho tiempo después de tenerlos a su lado. Él la condujo hasta la entrada y la dejó pasar, sin tratar de retenerla esta vez. Durante unas horas, jugaron a ser amigos con las nuevas reglas establecidas, durante unas horas, volvieron a estar bien.

Los tres se quedaron con ella hasta el final, sintiendo cada uno el tacto de sus rodillas bajo la mesa, reacios a dejar pasar los últimos momentos juntos, en ese equilibrio efímero recién alcanzado. Pero ni siquiera en ese lugar donde parece que el tiempo queda suspendido para siempre, pudieron detener las manillas del reloj. Despidió al primero en la puerta de su casa. Se fundieron en un abrazo tierno, de los que ella emplea para expresar cosas que no se atreve a decir. Se despidieron hasta el verano, con una promesa incierta de volver a verse y una última mirada que le grabara en la mente para los siguientes meses. Después, caminó con los otros dos hacia el final de la calle, lentamente, saboreando el momento, hasta que no lo pudieron prolongar más. Permanecieron unos segundos quietos, mirándose sin saber que hacer, a la sombra de esa montaña con la que ella había soñado. 

Dejó que su cuerpo fuera estrechado una vez más por esos brazos amigos, que la querían sin que ella entendiera muy bien por qué. La hizo reír una última vez a carcajadas. Como si supiera que no lo haría así en mucho tiempo. Le susurró "llámame" en tono conspiratorio, retando de nuevo al mundo a que se la arrebatara.

Se separó de él a regañadientes para enfrentarse a lo difícil. Le había dejado el abrazo final, ese que cargaba todo el peso de la despedida porque encierra el adiós más triste. Lo presionó contra su cuerpo, soñando con que eso bastara para decirle todo lo que quería, para arreglar todo lo que habían roto con los últimos besos. Cuando se soltaron sintió que la ilusión estaba tocando a su fin, pero la paladeó hasta el último momento. Les dio la espalda, se alejó y subió a la casa. Los vio marchar desde lejos y ellos la saludaron una última vez, llamándola por su nombre y haciendo que la sonrisa bailara de nuevo en sus labios. 

Agitó la mano en el aire mientras el coche arrancaba y se perdía de vista. Se quedó sola otro año más. Fue entonces cuando lo comprendió. Nunca fueron supervivientes de la isla, lo siento Abrams. Ella siempre había formado parte un pintoresco pueblo inventado de Connecticut

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