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Pongamos que hablo de...

Es como la sensación que recorre tu piel cuando un sol de tres de la tarde traza con sus dedos los rasgos de tu cara. Lentamente, sin prisas, con una dulzura casi dolorosa. Cierras los ojos y notas como ese ritmo familiar bombea vida por tus venas. Conviertes la elevación del pecho producto de la inspiración en una suerte de abrazo, que envuelve el aire a tu alrededor. Entonces el tiempo se detiene y, por unos instantes, solo sientes calor.

Lo bueno es que tu cuerpo es capaz de evocar ese momento si se concentra lo suficiente mucho tiempo después, mientras se encorva vapuleado por el cierzo y a cincuenta grados bajo cero. El truco es guardarlo en lo más profundo de lo profundo, allá cerquita del polo sur del corazón que es donde se guardan las cosas que pretendes conservar para siempre. Sur, porque el norte a veces es demasiado racional como para conservar un metrobús o esa entrada sacada en un cajero sin tarjeta a las diez de la noche. Y eso importa.

Es importante, leñe, es importante. Porque cada día que pasa se lleva un pedacito de lo que vivimos hace varias mañanas, por mucho que cabezoneemos y nos pongamos matracas. Vendrán a limpiar y harán hueco. Primero olvidaré la camiseta amarilla de la chica de ojos increíbles que se sentaba a mi lado en el bus. Olvidaré como dos cuellos en perfecto ángulo recto dejaban que el aire jugara con su cuerdas vocales y los números de los asientos de la izquierda, donde otras dos me regalaban, sin darse cuenta, vistas privilegiadas de sus perfiles recortados por la ventana.

Luego se irá la primera noche, en esa cama grande de tres que al final preferirá parejas. Los primeros vídeos, el primer striptease y esas carcajadas que se oían entre las brumas del sueño, enfrente, dos puertas a la derecha.

Les seguirán los mil cuadros del Prado, menos uno de Velázquez, que guarda un viaje temporal. Los patos del Palacio de Cristal, los traumas creados por un deseo sexual llevado al extremo y el todo a cien que pertenece a la reina. Al final tampoco recordaré lo que se quejaron mis pies, ni siquiera cuando bailaron al ritmo de tambores de agua desde un asiento del teatro Arteria.

Desaparecerán poco a poco los suntuosos salones de palacio, sus jardines y hasta la puerta del Sol quedará a la sombra. En unos meses, incluso podría afirmar que me adentré en el interior del Templo Debod o que la última noche, Madrid nos vio bailar por sus calles.

Olvidaré el bus 176, el metro, La Plaza de Castilla, la versión estrella (múltiples en realidad) de Juan Magan (grammy latino, oiga), y cómo enamorar perdidamente a la cámara.

Pero no pasa nada. Da igual que pierda unas cuantas batallas. Basta con que cuando apriete el frío y mi piel cortada y ajada por los elementos se resienta, cierre los ojos y evoque la sonrisa tan dulce de la guía o, por ejemplo, los ojos verdes, tiernos, y el gesto al despertarme cuando llegábamos a Madrid de la chica que se sentó a mi lado. Cómo hasta la más dura me arropó por la noche e incluso se dejó abrazar durante unos segundos, recordando otros viajes, otros momentos. Simplemente con mirar los envoltorios de chupachups que la más joven me guardaba mientras me daba educadamente las gracias (morena, siempre morena). Basta con que reproduzca en mi cabeza esa carcajada que me sé de memoria pero que, por si acaso, junto con toda la esencia del viaje, la última se empeñó en documentar.

No necesito más, 5. Cinco personas son lo único que me hace falta para poder sentir, de nuevo, el sol en la cara. 

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